viernes, 17 de agosto de 2007

Historias de La Fábrica...


Lo odié desde el primer momento, se presentó de improviso en mi vida como si el propio infierno lo hubiera vomitado, y nunca nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde. Era un personaje siniestro, sin embargo todos quedaron cautivos bajo su hechizo. Advirtieron que no confiáramos, que era la reencarnación del mal. No escuchamos. Inmediatamente supe que en algún momento nos entreveraríamos en un duelo a muerte. Tendría que ser más astuto que él y matarlo sin darle oportunidad. No podía correr riesgos.

Noche a noche su mirada me perseguía exigiendo que me esforzara más y más en su provecho. Su risa canalla e irónica sacudía mi interior inflamando mi sangre con un rencor no exento del temor y fascinación que su presencia me producía. Él lo sabía, pero sabía que como una droga y a pesar de mi odio, yo era dependiente de su fascinación.

Era un mal bicho, inhumano y hasta sádico con una personalidad subyugante que ocultaba sus perversidades. El mundo lo adoró y me desplazó, pasó a ocupar el primer lugar y yo a ser su más denigrado servidor.

Conmigo era descarado, me enfrentaba sin necesidad de subterfugios, ambos sabíamos quien era el contrincante. Yo lo odiaba, no existían los términos medios. Su mayor placer era burlarse de mis limitaciones, hacerme sentir un gusano, reírse constantemente de mi torpeza disfrazándola de frases amigables. El pensaba que era superior y que a pesar de la simbiosis que nos unía, él era más poderoso, más fuerte, pero yo era mucho, pero mucho más inteligente.

Por su culpa pasaba mis días y noches afiebrado, bebiendo, fumando, rezumando el odio que sentía, ideando las mil formas de acabar con ese ser maligno, con esa aberración de la naturaleza. Hubo momentos en que sospeché que era inmortal y que nos sobreviviría a todos, tomando más y más fuerza a través de los tiempos. Fuí mudo y obligado testigo de sus abusos en el entorno en el que se movía como un rey absoluto y veía impotente como una a una las personas que en un principio lo adoraron eran destruidas, pero nadie parecía notar la telaraña en la que él los envolvía.

Enloquecí cuando atrapó bajo su hipnótica personalidad a la dulce y cándida Rocío, una bella joven a la cual yo adoraba, convirtiéndola en una adicta sin voluntad; una piltrafa humana que finalmente se suicidó, tiñendo de rojo mis lágrimas de impotencia.

- ¡Pude haberla salvado! - grité desesperado sintiéndome cómplice necesario de su crimen. Supe que debía acabar con él, no soportaba más, me estaba destruyendo, sabía que su próxima víctima sería yo, tenía que anticiparme, debía anticiparme. Lo haría esa noche. Pondría fin a esa historia de perversión.

Fríamente, sin hacer caso a su mirada desorbitada, ni a su gesto de demanda al comprender mis intenciones, tomé una goma y borré su nombre de cada página de mi libro. Para que no resucitara, utilicé mi mejor arma, la palabra que acabaría con su maleficio: “FIN”.

4 comentarios:

Lolita Dinzeo dijo...

Dios!!! que buena descripcion haces de todo esto...
Eres una artista corazon mio, ademas de una gran mujer...
Muacks

Anónimo dijo...

El mal volverá a reinar...

Anónimo dijo...

no es tan malo el diablo como lo pintan...cuidadito con los angeles vengadores, que disfrazados de bondad y altruismo asesinan la opinion y la libertad

Lis Moo dijo...

No hace falta ningún disfraz para que la gente te sorprenda con su lado oscuro. Está bien reflejar opiniones, pero es de buena gente poner su nombre junto a ellas.

Hay que ser valiente y consecuente en la vida, en todas las vidas. No refugiarse en el anonimato.