No importa, realmente, cuánto es cuanto intento. Te muestras lejana, perdida, inmersa dentro de ti misma.
Traes unas cuantas rupturas; en el cuerpo, por la sangre, en el alma; ni un amor de cuentos dejará que pase tu letargo (ni un temblor) por esas secretas lágrimas que callas.
Traes una tristeza de milenios sobre la que se erigen construcciones de desprecio. Pasas por las eras como ciertas verdades pasajeras, algunas revelaciones ya olvidadas, o tal vez una o dos guerras.
Por entre los escombros que deja tu paso de soledades camino, divisando, imaginando algún momento de gloria, una senda hacia tu cuerpo dormido, el camino hacia tu alma dolorida.
Y, en un momento, me pierdo, confundida: ya no se si estoy queriendo, si te apoyo, o si es, tal vez, sólo una pesadilla de la que tal vez despierto.
Podría desvelarte un par de realidades, pero sería en vano: tú tan lejos, en la nada, en el limbo; ¿yo? Aquí, tan sóla, despertada del otro lado del espejo.
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